27.11.16

Lealtad con uno mismo

Conté mis años y descubrí, que tengo menos tiempo para vivir de aquí en adelante, que el que viví hasta ahora…
Me siento como aquel niño que ganó un paquete de dulces: los primeros los comió con agrado, pero, cuando percibió que quedaban pocos, comenzó a saborearlos profundamente.
Ya no tengo tiempo para reuniones interminables, donde se discuten estatutos, normas, procedimientos y reglamentos internos, sabiendo que no se va a lograr nada.
Ya no tengo tiempo para soportar a personas absurdas que, a pesar de su edad cronológica, no han crecido.
Ya no tengo tiempo para lidiar con mediocridades.
No quiero estar en reuniones donde desfilan egos inflados.
No tolero a manipuladores y oportunistas.
Me molestan los envidiosos, que tratan de desacreditar a los más capaces, para apropiarse de sus lugares, talentos y logros.
Las personas no discuten contenidos, apenas los títulos.
Mi tiempo es escaso como para discutir títulos.
Quiero la esencia, mi alma tiene prisa…
Sin muchos dulces en el paquete…
Quiero vivir al lado de gente humana, muy humana.
Que sepa reír, de sus errores.
Que no se envanezca, con sus triunfos.
Que no se considere electa, antes de hora.
Que no huya, de sus responsabilidades.
Que defienda, la dignidad humana.
Y que desee tan sólo andar del lado de la verdad y la honradez.
Lo esencial es lo que hace que la vida valga la pena.
Quiero rodearme de gente, que sepa tocar el corazón de las personas…
Gente a quien los golpes duros de la vida, le enseñó a crecer con toques suaves en el alma.
Sí… tengo prisa… por vivir con la intensidad que sólo la madurez puede dar.
Pretendo no desperdiciar parte alguna de los dulces que me quedan…
Estoy seguro que serán más exquisitos que los que hasta ahora he comido.
Mi meta es llegar al final satisfecho y en paz con mis seres queridos y con mi conciencia.
Tenemos dos vidas y la segunda comienza cuando te das cuenta que sólo tienes una.
Lealtad con uno mismo.
Mário de Andarde (Sao Paulo 1893 – 1945)

24.11.16

Olvidando


Subsistimos olvidando aquello que nos daña, lo que nos revuelve y revienta las entrañas, en algún lugar recóndito de nuestra historia celular debe quedar escondido, oculto entre sombras y puertas impenetrables, así damos paso a la fuerza de la vida, la alegría que vence y siempre se queda, ocultando las más lóbregas penas, no podríamos sobrevivir de otra manera.  El pesar pesa, tanto que nos para en el camino, que me quiere parar ahora, y vibro y lucho por recordar la mano que me tendió la amiga que nunca me soltó, el vino de mi cumpleaños con sus tres horas de siesta, los atardeceres en la playa, mis primeros encuentros con la cerveza, las canciones benditas de tus whatsapp, los puntos con las risas hasta altas horas de la mañana, levantarme en la casa de Conil y sonreir, sonreir, y esconder, esconder en lo más profundo la oscura bruma del que te abandona. 
Y hoy, a pesar de tu regreso, del ansiado retorno del ser amado, a pesar del tercer vodka caramelizado  que sostengo encima de mi mesa, se me ha abierto otra vez esa puerta funesta, la que me recuerda una vez más la mórbida traición de tu partida. 
Subsistimos olvidando aquello que nos daña, no podríamos sobrevivir de otra manera.