MI humanidad fallida y rota me lleva y me aleja como un barco a la deriva hacia zonas rocosas estériles y peligrosas, me desestabilizan y me desvían del sendero verdadero y elegido. La divinidad de Jesús coge entonces el timón de ese barco, lo equilibra, apacigua las aguas y convierte las rocas en un mar en calma donde puedo descansar y encontrar finalmente ese reposo que necesito, pero cuántas distracciones, cuántas veces he de volver a coger yo misma ese timón impertérrita, haciendo caso omiso a lo que ya tantas veces ha pasado. Termino estrellándome contra las rocas, llevada por esa marea sin rumbo. Y otra vez Dios viene a retomar el barco, con su divina brújula y me vuelve a llevar a lugares tranquilos para descansar. Así una y otra vez, una y otra vez.